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Crónicas de un viaje al pueblo, II.

Las crónicas aquí se repiten. En un año nada cambia demasiado por aquí, salvo su casa. 
En un estallido de creatividad ha decidido eliminar las camas para poner sillones duros con amarillentos tapetes para que se encuentren eternamente nuevos y ocultos, como un hijo escondido a su progenitor. En un ataque de locura, la mesa ya estaba puesta a la hora de comer, la comida caliente y el vino en la nevera. 


Nada cambia demasiado por aquí, los cardados de las señoras no se han movido ni un milímetro desde los sesenta, al igual que sus miradas altivas. Las vacas siguen ocupando el carril de la derecha, el de la izquierda, y porqué no, el del medio también. 
En el lugar donde nada cambia demasiado, les gusta disfrazarse de villa para eliminar su complejo de pueblo y como no podía ser de otra forma, siguen escondiendo la cobertura. Viejas leyendas cuentan que la escondieron en la torre, donde hay un reloj que despierta a los trasnochadores y a los niños en sus siestas. Dicen que la cobertura está metida en el nido de la cigüeña o la gaviota (cuanto más grande más idiota), pero solo son viejas leyendas, viejos dichos y diretes. 
Personalmente creo que se la ha llevado el viento, el que sopla los días en los que la única ropa que te queda implica enseñar la mucha piel que te sobra. 

Nada se va y nadie se viene. En el lugar donde la nada cambia se encuentra el rincón de la eterna juventud, donde nadie se va y donde nada se viene, solo el pintalabios de las señoras con sus besos en mis mejillas.

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